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lunes, 23 de julio de 2012

LOS PASOS DEL SOL


(José Teiguel – Castro)

I
El sol baja en puntas de pie
hacia el mar
buscando un poco de agua fresca
para tomar.
En la orilla del mar azul
el sol baila disfrazado
de sargazo, de collofe,
hasta que al caer la tarde
se regresa al bosque
muerto de cansancio
        y de sed.

II
A Juanito Ancapán Mascareño
el profesor de dibujo le ha pedido
que llene una página con los medios de locomoción
existentes en el mundo moderno.
Juanito Ancapán pasa una tarde entera
pensando en trenes que no ha visto
y en camionetas 4X4 que no conoce.
Entonces dibuja un caballo de hermosa grupa
y pelaje hermoso,
con un sol en las espaldas.
Al día siguiente la clase entera
es una estampida, un galope alzado
de caballos sanos, de relámpagos niños.

Huenún, Jaime. Ragengey ti dungun. Pichikeche ñi mapuche kumwirin. La palabra es la flor. Poesía Mapuche para Niños. Mineduc, 2011.

domingo, 26 de septiembre de 2010

LA PRIMERA PÉRDIDA

(José Teiguel – Castro)

Una vez que se patentizan
el pasto
el agua
y el paisaje es letra muerta
cada uno arregla la soledad
a su manera.

A golpes de hacha y machete
sucumben los territorios
en estado de gracia.
A golpes de fuego los fusiles
apuntan sus binoculares
hacia la noche.

Que no se te olvide, Pérez Rosales.
Que no se te olviden los Cuncos
huyendo hacia el sur
con su cielo a rastras
y la esperanza llena de hematomas.

Dieciocho varas de ancho tiene la suerte
De los fugitivos nonatos.

En: Teiguel, José. La heredad del pasto y el agua. Paginadura Ediciones, 2ª edición, octubre 2006.

miércoles, 28 de enero de 2009

EL TESTAMENTO DE MANUEL MONTT

(José Teiguel – Castro)

“Como poseedores del capital
tan necesario para procrear fortuna.
Como poseedores de la cultura,
el esfuerzo
y un saludable idioma nuevo –
reitero-.
Los hago acreedores a la tenencia de esta tierra
de estos poblados quilantales,
de estos ñilhues, de estos líquenes”.

Mientras tanto es preciso
certificar la presencia de Dios
en esta empresa maravillosa.

Entonces Melwing desabrocha la bragueta
de la cruz
y la clava en medio de los deshabitados ojos.
Y en nuestros pechos desnudos
sentimos el viento gélido de Pérez Rosales
que nos arrincona
hasta hacernos saltar
de nuestros propios huesos:

Y nosotros le pusimos llave
a nuestras bocas.
Y bajo cerrojo
escondimos
la escasa claridad
que nos pedía la historia.

En: Teiguel, José; La heredad del pasto y del agua. 2ª edición, Paginadura Ediciones, 2006.