
(Maribel Mora Curriao – Panguipulli)
Llovía oscuro y el mundo era un inmenso lago, la luna se ocultaba a nuestros ojos y los abuelos hablaban de antiguos designios. Nadie dudaba entonces de sus sueños, ni lo hacemos ahora olvidados en la casa del águila, perdidos de la huella con furia y saña abrieron en la cordillera Ignacio y Belarmino Chiguay, la misma ruta que perdió a sus hermanos y que Margarita abandonó con premura.
Ajena yo
remonté por el camino claro.
Mañana volveré me dije
y sembraré nuevos cantos
Y cerré los ojos para recordarlo
allí dejaba el sol
la nieve
los besos
y las placentas aún calientes
de los últimos partos
las oraciones que dije
y las que no dije
en las montañas
el silbido del viento
y las culebras
la ruta abierta en las quebradas.
La noche no es más
que una inmensa roca me digo
azul como la melancolía de la
luna nueva.
En: Instituto de Estudios Indígenas. Revista Pentukun 10-11. Universidad de la Frontera, 2000.
Llovía oscuro y el mundo era un inmenso lago, la luna se ocultaba a nuestros ojos y los abuelos hablaban de antiguos designios. Nadie dudaba entonces de sus sueños, ni lo hacemos ahora olvidados en la casa del águila, perdidos de la huella con furia y saña abrieron en la cordillera Ignacio y Belarmino Chiguay, la misma ruta que perdió a sus hermanos y que Margarita abandonó con premura.
Ajena yo
remonté por el camino claro.
Mañana volveré me dije
y sembraré nuevos cantos
Y cerré los ojos para recordarlo
allí dejaba el sol
la nieve
los besos
y las placentas aún calientes
de los últimos partos
las oraciones que dije
y las que no dije
en las montañas
el silbido del viento
y las culebras
la ruta abierta en las quebradas.
La noche no es más
que una inmensa roca me digo
azul como la melancolía de la
luna nueva.
En: Instituto de Estudios Indígenas. Revista Pentukun 10-11. Universidad de la Frontera, 2000.
Imagen: Araucarias.
Fotografía: Erwin Quintupill. Alto Bío Bío
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